Levantamiento de las excomuniones y estado de necesidad
En medio de toda la desinformación de la prensa y de la multiplicidad de opiniones ofrecida estos días, se hace difícil extraer una visión clara de todo este asunto del levantamiento de las excomuniones a los Obispos de la FSSPX y sus derivaciones, no obstante lo cual nos avocaremos a la tarea al menos de intentarlo.
De algo estamos seguros y es de que no haber mediado las declaraciones de Mons. Williamson y su "oportuna" publicidad el mismo día del levantamiento de las excomuniones, las cosas hubiesen seguido un camino diferente. La oposición del modernismo se hubiese puesto de manifiesto igualmente pero no hubiese alcanzado la osadía que tuvo, y ni qué decirlo, los judíos no habrían tenido qué argumentar a no ser que se trataba de los defensores por excelencia de la liturgia antigua (en la que, el Viernes Santo, se pide por su conversión) o de los negadores de "Nostra Aetate", lo cual se aprecia como un tanto rebuscado.
Pero así como decimos eso también decimos que la oposición 'ad intra' de la FSSPX hubiese sido más marcada y ello en tanto y cuanto no se hubiese presentado otro enemigo, para los refractarios, que una Roma siempre dispuesta a "trampear" a los tradicionalistas. La aparición inesperada de ese otro enemigo con ramificaciones seculares les hizo recapacitar un tanto y sólo aparecieron unas pocas voces disonantes aquí y allá.
Ahora se presentó un muy nuevo escenario que no estaba en los planes de nadie con excepción, seguramente, de los hechores del "complot". Y se empezó a hablar de purgas y de censuras dispuestas por la misma dirigencia de la FSSPX con el fin de desprenderse de lo que se entiende es un lastre.
Aquí es donde quisiéramos detenernos un instante: el tema de las declaraciones de Mons. Williamson a la televisión sueca es un asunto que compete primeramente a su libre albedrío y a su conciencia (y sobre ello nada tenemos para decir) y accesoriamente -en cuanto las mismas fueron hechas públicas- a Roma y a la FSSPX a fin de que éstas ejerzan sus potestades disciplinarias.
No debemos perder de vista en ningún momento, aun venciendo las simpatias naturales que se pudieran tener con la persona de Mons. Williamson, que estas imprudentes declaraciones estuvieron a punto de hacer abortar el levantamiento de las excomuniones y su corolario, el acuerdo canónico que esperamos. Se trata nada menos que de la cesación de un estado de necesidad en la Iglesia que se hubiera frustrado por su culpa (en forma indirecta, mediante la presión ejercida contra el Santo Padre).
La legislación canónica prescribe que los clérigos deben practicar su ministerio estando incardinados, esto es lo que se llama una misión canónica. El ejercicio de suplencia se justifica únicamente si el sacerdote o el Obispo se encuentra en una situación irregular que no buscó ni deseó, tal el caso de la FSSPX.
Mons. Lefebvre y Mons. Castro Mayer actuaron movidos por un estado de necesidad, por un miedo grave y para evitar un grave perjuicio consistente -en los tres casos- en la extinción de la Tradición a falta de un Obispo que posibilitara el seguir ordenando sacerdotes íntegramente católicos y esto en forma regular.
En tal sentido, al momento de escribir estas líneas, no podemos decir, strictu sensu, que el estado de necesidad de Mons. Lefebvre haya cesado, por cuanto aún no se cuenta con un marco canónico que establezca la posibilidad para el o los Obispos de la FSSPX de seguir ordenando sacerdotes. Pero una vez que aquél quede configurado, no se podrá invocar causa de justificación alguna, ni siquiera la persistencia de la crisis de la Iglesia, para una jurisdicción de suplencia. Bajo pena de cisma.
Y por lo mismo, urge que los interlocutores concreten el acuerdo lo más pronto posible, antes incluso de que el enemigo secular se invente otro pretexto que involucre esta vez a toda la FSSPX y haga imposible la concreción del acuerdo.
El marco canónico probablemente sea el de una Administración apostólica o sea una diócesis que es 'personal' en el sentido del Canon 372.2, internacional, y directamente sujeta a la Santa Sede. Sería conveniente que la FSSPX pudiera conservar sus bienes raíces y a modo de "integración" obtuviera parroquias que pudieran quedar afectadas únicamente al rito tradicional.
En el aspecto de fondo, ya mencionamos que el acuerdo podría consistir en un reconocimiento del Concilio Vaticano II como un concilio válido y del Magisterio papal ex cathedra y ordinario universal y constante, dejando así fuera del asentimiento las novedades conciliares que contradigan el magisterio infalible anterior.
De algo estamos seguros y es de que no haber mediado las declaraciones de Mons. Williamson y su "oportuna" publicidad el mismo día del levantamiento de las excomuniones, las cosas hubiesen seguido un camino diferente. La oposición del modernismo se hubiese puesto de manifiesto igualmente pero no hubiese alcanzado la osadía que tuvo, y ni qué decirlo, los judíos no habrían tenido qué argumentar a no ser que se trataba de los defensores por excelencia de la liturgia antigua (en la que, el Viernes Santo, se pide por su conversión) o de los negadores de "Nostra Aetate", lo cual se aprecia como un tanto rebuscado.
Pero así como decimos eso también decimos que la oposición 'ad intra' de la FSSPX hubiese sido más marcada y ello en tanto y cuanto no se hubiese presentado otro enemigo, para los refractarios, que una Roma siempre dispuesta a "trampear" a los tradicionalistas. La aparición inesperada de ese otro enemigo con ramificaciones seculares les hizo recapacitar un tanto y sólo aparecieron unas pocas voces disonantes aquí y allá.
Ahora se presentó un muy nuevo escenario que no estaba en los planes de nadie con excepción, seguramente, de los hechores del "complot". Y se empezó a hablar de purgas y de censuras dispuestas por la misma dirigencia de la FSSPX con el fin de desprenderse de lo que se entiende es un lastre.
Aquí es donde quisiéramos detenernos un instante: el tema de las declaraciones de Mons. Williamson a la televisión sueca es un asunto que compete primeramente a su libre albedrío y a su conciencia (y sobre ello nada tenemos para decir) y accesoriamente -en cuanto las mismas fueron hechas públicas- a Roma y a la FSSPX a fin de que éstas ejerzan sus potestades disciplinarias.
No debemos perder de vista en ningún momento, aun venciendo las simpatias naturales que se pudieran tener con la persona de Mons. Williamson, que estas imprudentes declaraciones estuvieron a punto de hacer abortar el levantamiento de las excomuniones y su corolario, el acuerdo canónico que esperamos. Se trata nada menos que de la cesación de un estado de necesidad en la Iglesia que se hubiera frustrado por su culpa (en forma indirecta, mediante la presión ejercida contra el Santo Padre).
La legislación canónica prescribe que los clérigos deben practicar su ministerio estando incardinados, esto es lo que se llama una misión canónica. El ejercicio de suplencia se justifica únicamente si el sacerdote o el Obispo se encuentra en una situación irregular que no buscó ni deseó, tal el caso de la FSSPX.
Mons. Lefebvre y Mons. Castro Mayer actuaron movidos por un estado de necesidad, por un miedo grave y para evitar un grave perjuicio consistente -en los tres casos- en la extinción de la Tradición a falta de un Obispo que posibilitara el seguir ordenando sacerdotes íntegramente católicos y esto en forma regular.
En tal sentido, al momento de escribir estas líneas, no podemos decir, strictu sensu, que el estado de necesidad de Mons. Lefebvre haya cesado, por cuanto aún no se cuenta con un marco canónico que establezca la posibilidad para el o los Obispos de la FSSPX de seguir ordenando sacerdotes. Pero una vez que aquél quede configurado, no se podrá invocar causa de justificación alguna, ni siquiera la persistencia de la crisis de la Iglesia, para una jurisdicción de suplencia. Bajo pena de cisma.
Y por lo mismo, urge que los interlocutores concreten el acuerdo lo más pronto posible, antes incluso de que el enemigo secular se invente otro pretexto que involucre esta vez a toda la FSSPX y haga imposible la concreción del acuerdo.
El marco canónico probablemente sea el de una Administración apostólica o sea una diócesis que es 'personal' en el sentido del Canon 372.2, internacional, y directamente sujeta a la Santa Sede. Sería conveniente que la FSSPX pudiera conservar sus bienes raíces y a modo de "integración" obtuviera parroquias que pudieran quedar afectadas únicamente al rito tradicional.
En el aspecto de fondo, ya mencionamos que el acuerdo podría consistir en un reconocimiento del Concilio Vaticano II como un concilio válido y del Magisterio papal ex cathedra y ordinario universal y constante, dejando así fuera del asentimiento las novedades conciliares que contradigan el magisterio infalible anterior.
1 comentarios:
Si, como bien dice usted, el estado de necesidad no está justificado con una regularización canónica de la FSSPX, no es, pues, más importante no cerrar en falso (sin previo juicio doctrinal del CVII) que una regularización canónica que no aporta per se una garantía de la Fe.
Como yo lo veo, el tema de regularización canónica es más una cuestión subjetiva (parecer lo que somos) que objetiva (ser lo que somos). Ya iremos viendo.
Saludos en Cristo Rey.
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