miércoles, 11 de octubre de 2017

Visibiliter



Un concepto básico a tener en cuenta en este tiempo de confusión generalizada,  es el de que Dios actúa por instrumentos visibles.

Dios dejó una Iglesia visible, una estructura con una Cabeza visible y con miembros también visibles, en cuanto profesan la misma Fe, practican los mismos Sacramentos y están sometidos a la misma Jerarquía (cfr. la definición de "católico" del Catecismo de San Pío X). Tanto es así que no puede haber Iglesia sin Papa visible ("Ubi Petrus, ibi Ecclesia"), sucesor en la línea de Papas desde San Pedro. De ahí que no pueda nunca sostenerse -sin negar este dogma- la tesis "sedevacantista" y su variante "Papa materialiter" (el Papado es pleno y jurisdiccional). 

Distinto es el caso de sostener, en la coyuntura actual, que el Papa sigue siendo Benedicto XVI. Ello sería posible debido a una renuncia inválida, sea por no haber sido libre o por no haber querido renunciar al papado en forma plena, aunque esto sólo podría conocerse si el propio involucrado reivindicara para sí el papado (atención que aquí vale también lo que se alega para la invalidez, el reclamo debe ser del papado en forma plena, ya que no existe un papado "contemplativo" opuesto a otro "efectivo").

Para la resistencia (sin comillas) a la "Iglesia conciliar" Dios ha elegido también un instrumento visible: una comunidad de Sacerdotes y comunidades de Hermanos o de religiosos así como los fieles unidos a ellas. Esto no puede ser de otro modo. Sabemos que Dios no deja a nadie desamparado: “Yo fui joven, y ya soy viejo, y no he visto al justo desamparado, ni a su descendencia mendigando pan" (Salmo 37). Sabemos también que al comienzo de la "gran tribulación" (en la que estamos inmersos sin lugar a dudas) Dios enviaría a "dos Testigos" ("Testigos" y no "figuras" o "murallas", por tanto: católicos y no paganos, contemporáneos al "misterio de iniquidad" y no "obstáculos" que al ser removidos permiten su aparición, como se sostiene en cierto blog...). 

Y sabemos cuáles son las características que definen a esos "Testigos", similares a la de sus "tipos" bíblicos: 'restaurar el altar que estaba caído' (el rito sacrificial), 'reconciliar a los padres con los hijos' (llevar la Tradición a las nuevas generaciones), 'restaurar todas las cosas previo al Juicio del Señor' (restauración de la Iglesia), ser ejemplo de 'penitencia' (a través del mantenimiento de las "reglas" y la disciplina de las distintas vocaciones religiosas). La indumentaria (real o figurada): 'vestidos de saco' o de penitencia (la sotana y el hábito lo son). El derrotero: testimonial, 'muerte' (espiritual o "excomunión"), 'cadáver insepulto' ("irregularidad canónica"), 'resurrección'.  Sólo una comunidad visible reúne todas estas notas, y ella es la FSSPX (y comunidad de Hermanos o religiosos)

Entonces, la claridad conceptual y de actuación no provendrán de las tesis "sedevacantistas" o "materialiter", ni de los Obispos o Sacerdotes que fuera de una organización visible y reconocible se han transformado en "adalides" de un grupo reducido de seguidores (decimos bien "seguidores" y no "fieles", porque éstos lo son a una doctrina antes que a un "líder" o "maestro", y por ello la FSSPX cuenta con un "Superior General" que es elegido por un Capítulo, que no dura para siempre en su puesto y que no necesariamente es un Obispo de los cuatro que ordenara el fundador). Tampoco de los Obispos o Cardenales que en forma tardía reaccionan o pretenden hacerlo contra el mal instalado en el "Templo" (cfr. Ap 11) y que no califican como "Testigos".

sábado, 30 de septiembre de 2017

Acerca de la "Correctio filialis" y otras correcciones

En otra entrada transcribimos un comentario que ponía de manifiesto que el Papa Francisco no es sino el colofón de los Papas que lo precedieron desde que sobreviniera la "primavera" eclesial, al tiempo de denunciar a los tradi-fariseos-tardíos, ciertamente defensores de la moral verdadera pero partidarios de la obediencia mal entendida o entendida al modo farisaico. Lo que viene a cuento por dos motivos: la "Correctio filialis" que presentaran seglares y clérigos al Papa por sus herejías en "Amoris laetitia" y unas declaraciones del Cardenal Burke por las cuales deja en claro su posición respecto de la FSSPX.

Acerca de la "Correctio filialis", debemos otra vez contextualizar. Es lo que queda claramente expuesto en un artículo publicado en  el blog akacatholic a propósito de la "revolución" aportada por Juan Pablo II ya en su primera encíclica al enraizar su pontificado en el "despertar" -en una nueva dirección- de la Iglesia desde el Concilio Vaticano II, vía el concepto de "Tradición viva" y la novedosa doctrina de la "unión de todo hombre a Cristo por la Encarnación" (la que niega el pecado original y la necesidad de la gracia). 

De allí que se reconozca -como reporta el artículo- por parte del Arzobispo Vincenzo Paglia que "la verdadera revolución ocurrió bajo Juan Pablo II, no Francisco": la novedad de la unión de todo hombre a Cristo se encuentra plasmada en  "Lumen Gentium", en  la que la Iglesia y la humanidad se confunden y caben "bajo el mismo techo"; de resultas, ¿qué impide que todos compartan la misma cena? Y esto es lo que dice Francisco en "Amoris laetitia", en perfecto intérprete de Juan Pablo II. No lo dice la "correctio filialis",  pero se deduce de las fuentes de las herejías denunciadas que sí se mencionan: el modernismo por un lado, y la doctrina de Lutero por otro.

Dicho esto, el blog que referimos antes, nos entera también que el Cardenal de las "dubia" habría expresado que la FSSPX se encontraría en "cisma" (!) y que no sería legítimo asistir a sus Misas y de recibir los Sacramentos en ella (!!), y considerando las recientes concesiones papales para su administración como "anomalía" (!!!). Todo lo contrario a los dichos de otro Cardenal conciliar, el Cardenal Castrillón Hoyos. 

Así pues, deberíamos corregir en primer lugar al Cardenal Burke, de su obediencia mal entendida o entendida al modo farisaico, presentándole una "dubia" que dijera algo así como "¿la necesidad de salvar la única liturgia agradable a Dios y la verdadera doctrina constituyen o no un 'estado de necesidad?" y una corrección que dijera: "el estado de necesidad como causa de justificación está contenida en el derecho canónico y quien actúa bajo su amparo no resulta válidamente excomulgado o bien -si consideró estar ante tal causa de justificación en forma subjetiva- su pena debió ser menor a la excomunión automática, de suerte que nunca hubo delito de cisma".

Esto explicaría el porqué de la no firma, por parte del Cardenal,  de la "Correctio filialis" presentada recientemente por seglares y clérigos (entre los cuales, Mons. Fellay, Superior General de la FSSPX): el no querer "contagiarse" del "cisma" de la FSSPX. La omisión de la firma fue expuesta y lamentada por uno de los que suscriben la "Correctio filialis", el abogado Christopher Ferrara, al tiempo de afirmar la importancia de dicha participación (más precisamente del Colegio cardenalicio).

Lo afirmado es básicamente correcto, al tenor de cómo seguirían las cuestiones de aquí en más (ver el interesante artículo de Robert J. Siscoe en "Adelante la Fe" respecto de la deposición del Papa hereje): sólo podría deponer a un Papa hereje un Concilio ecuménico, aunque fuera uno convocado al efecto, sin la participación del acusado o bien el Colegio cardenalicio, el cual recibe la aceptación del Papa (y estaría en condiciones de declarar la cesación del oficio papal)

Ahora bien, a la vista de la mala fé demostrada por éste y otros purpurados y Obispos, consideramos, tal como Christopher Ferrara en la nota transcripta, que sólo resta la opción de una "intervención divina directa".

domingo, 17 de septiembre de 2017

La subida a Roma



Nuestra breve crónica de la gran peregrinación de la FSSPX a Fátima la titulamos "subida a Fátima". De igual modo, la culminación de esa peregrinación, que protagonizaran Sacerdotes y fieles del Distrito de América del Sur visitando distintas localidades de Italia, la podemos denominar "subida a Roma" (Roma es el centro de la catolicidad y una de las notas de la Iglesia es la de ser, precisamente, "romana").

Sabemos que se encuentra próxima una reivindicación de la FSSPX, la que supone un llamado de Dios a "subir" dónde El está. Lo que no podemos determinar con certeza es la naturaleza de ese llamado, pero tampoco desconocemos  que la peregrinación a Fátima y su culminación (la que incluyó el oficio de la Santa Misa en Iglesias y Santuarios en Italia) constituyen en sí mismas un "subir" hacia dónde El está: donde quiso aparecer su Madre y donde quiso establecer la sede de su Iglesia y del Papado.

Tal "subida" es "a la vista de sus enemigos"  (Ap. 11, 12) y éstos no dejaron de manifestar su odio y su impotencia, incluso recurriendo a la difamación contra los Sacerdotes que permanecen fieles al legado de Monseñor Lefebvre. En particular, el odio se centró en ver cómo paso a paso la FSSPX logra hacerse ver y recupera espacios. Si en los ochenta o noventa se nos hubiese anunciado que Sacerdotes de la FSSPX oficiarían la Santa Misa tradicional en Iglesias y Santuarios en Italia o en cualquier otra parte, hubiésemos exultado esperanzados con la reanudación, en la cuna de la cristiandad, de aquél mismo Sacrificio que fuera desvirtuado y luego proscrito en los hechos en Roma y desde allí en todo el orbe. 

Pero claro, son las épocas de internet, el cual posibilita expresarse a los buenos (como los que gentilmente han colgado los estupendos vídeos y fotos de la gran peregrinación, a quienes agradecemos desde aquí) así como a los malos (como los cismáticos materiales seguidores del Obispo desertor con su deformada visión de las cosas). Y entonces vemos cómo el espíritu liberal de los discípulos de Coré se cuela aún entre las filas de la ya bastante depurada FSSPX. Así por ejemplo, es significativo observar cómo a algún pretenso sitio afín a la FSSPX se le "olvidó" reportar lo atinente a tan grandes eventos.

Y ante los hechos que hablan por sí solos nos encontramos con  la "excusa" de que estos indudables avances son a cambio de un supuesto "silencio". Esta perspectiva no sólo desconoce el valor infinito de la misma Santa Misa tradicional, capaz de irradiar y de distribuir gracias enormes aun cuando se la acompañe de un sermón "neutro", sino también el contenido de los sermones pronunciados tanto en Fátima como en Italia, los cuales fueron profundamente doctrinales, sólo que de doctrina que no es grata a todos los oídos: llamado a la santidad personal a imitación de los santos, llamado al martirio (la fidelidad al ideal de Monseñor Lefebvre es hoy una forma de martirio) y un recuerdo de la nota de la romanidad, con todo lo que ella evoca (sumisión necesaria al primado de Pedro en lo que es legítimo).

lunes, 11 de septiembre de 2017

Excelente artículo de un Sacerdote lúcido

La FSSPX y la conversión de Roma a la Tradición, por el Padre Paul Robinson, 15 de agosto de 2017 

(fuente: La Porte latine; traducción: lahondadedavid.blogspot.com)


Introducción



Como conclusión del Capítulo General de la Fraternidad Sacerdotal San Pio X en 2006, los miembros del capítulo hicieron una declaración, como es costumbre. Entre otras cosas, la declarción afirmaba:


“los contactos que ella tiene en forma casual con las autoridades romanas tienen como único fin el de ayudarlas a recuperar la Tradición que la Iglesia no puede desconocer sin perder su identidad, y no el de buscar un beneficio para ella misma, o el de alcanzar un imposible 'acuerdo' puramente práctico”



Esta afirmación muestra claramente que las relaciones de la FSSPX con Roma tienen un doble fin: la restauración de la Tradición y un beneficio para la FSSPX. Asimismo, que el fin ulterior o último de la restauración de la Tradición prima sobre el fin próximo del beneficio para la FSSPX. Sin embargo, desde 2006, hubieron muchos puntos de vista diferentes en cuanto a los medios a través de los cuales la FSSPX debe ayudar a la restauración de la Tradición en Roma. La discución se centra sobre todo en la cuestión de establecer si la restauración debe tener lugar primeramente en el plano práctico o en el plano doctrinal. Más precisamente ¿es mejor para la FSSPX aceptar un reconocimiento canónico “tal como ella es” o es mejor rechazar ese reconocimiento a fin de obligar a Roma a adoptar una doctrina tradicional? ¿Un reconocimiento canónico “tal como ella es” favorecería o impediría la restauración de la Tradición deseada por la FSSPX?


 Este artículo se propone estudiar dos posiciones divergentes sobre el tema, una en contra de un reconocimiento canónico “tal como ella es” y la otra en favor del mencionado reconocimiento. La finalidad de este artículo, tanto como la del artículo 'Unidad de Fe con el Papa Francisco', no es el de determinar cuándo y en qué circunstancias sería prudente que el Superior General de la FSSPX acepte un reconocimiento “tal como ella es”; su finalidad es más bien la de defender la posición pública de la Casa General según la cual el ser aceptados “tal como somos” constituye el criterio esencial para aceptar un reconocimiento canónico. Este artículo utiliza pues la expresión “tal como somos” en el mismo sentido que le otorga la Casa General, a saber, que la FSSPX pueda conservar la libertad de profesar abiertamente sus posiciones doctrinales, mantener sus prácticas litúrgicas y la de conservar sus propiedades y lugares de culto.


Dos aclaraciones Previas


Antes de entrar en los detalles, dos aclaraciones previas se imponen. La primera es que la FSSPX intenta, desde la reanudación de sus contactos con Roma en 2000, el obtener una restauración de la Tradición en los dos planos, práctico y doctrinal. Monseñor Fellay pidió el sostener discusiones doctrinales con Roma y pidió asimismo que se verificaran dos “prerrequisitos” prácticos antes que aquéllas comenzaran. Los prerrequisitos eran la libertad de la misa tradicional y el retiro del decreto de excomunión de los Obispos de la FSSPX. La declaración que citamos más arriba afirma que la realización de estos dos prerrequsitos “procuraría un grandísimo bien a la Iglesia al devolverle al menos una parte de su derecho a su propia Tradición”


Los “prerrequisitos” se han más o menos verificado y las discusiones doctrinales han tenido lugar. Sin embargo, el éxito en el plano práctico no ha encontrado eco en el plano doctrinal. Las autoridades romanas implicadas en las discusiones no estuvieron de acuerdo con la posición de la FSSPX -posición según la cual el Vaticano II se encuentra en tres puntos (libertad religiosa, ecumenismo, colegialismo) en ruptura con la enseñanza constante de la Iglesia. A pesar de esa falta de entendimiento, Roma quiso avanzar en el plano práctico, proponiendo el proyecto de una prelatura personal para la FSSPX, el que fuera ofrecido por primera vez en 2011.


Desde entonces, otros pasos prácticos hacia la restauración de la Tradición han sido dados. Se ha concedido a los sacerdotes de la FSSPX la jurisdicción ordinaria para confesar y un marco para obtener la autorización de celebrar los matrimonios en la debida forma canónica.


Sería bueno recordarles, a quienes se niegan a admitir que las relaciones entre Roma y la FSSPX son ahora diferentes a las que fueron antes, que Roma nada reconoció a la FSSPX durante el largo período que va de 1975 a 2007. Desde entonces, por el contrario, Roma ha cambiado ligeramente la línea que proseguía, y ello a fin de acercarse a la línea seguida por la FSSPX, la línea del “reconocimiento tal como ella es”. El hecho de que las concesiones de Roma hayan sido casi exclusivamente prácticas ha dado pie al debate “acuerdo doctrinal o acuerdo práctico”. Que ese debate, pues, no oscurezca la realidad evidente de que esas concesiones suponen una nueva situación. La cuestión no es ya la de “qué debemos hacer cuando Roma se opone a nosotros” sino más bien “qué debemos hacer cuándo Roma nos favorece”. No es sino en ese contexto que nuestra primera interrogante puede plantearse, a saber: ¿la FSSPX debe aceptar una restauración en el plano práctico o debe alcanzar primeramente una restauración en el plano doctrinal?


Lo cual nos conduce a nuestro segundo punto, que es el de que los pasos prácticos hacia una restauración de la Tradición no pueden estar del todo separados de los doctrinales, y viceversa.  Cada paso práctico hacia la regularización y la propagación de la Tradición será necesariamente un paso hacia la restauración de la doctrina tradicional; cada paso doctrinal dado a fin de corregir los errores del Vaticano II expandirá necesariamente la Tradición en el plano práctico. La única diferencia es que algunos pasos serán directamente prácticos e indirectamente doctrinales, mientras que otros serán directamente doctrinales e indirectamente prácticos. A fin de cuentas, es imposible separar la creencia tradicional de la praxis tradicional; es un todo. Así, cuando una parte se beneficia, la otra también necesariamente.


Consideren, por ejemplo, la posiblidad de una prelatura personal para la FSSPX que la dejara tal como ella es. El día que se produzca el reconocimiento, existirá en el seno de la estructuras canónicas de la Iglesia una organización mundial de sacerdotes y de religiosos tradicionales cuya posición oficial es la de sostener que el Concilio Vaticano segundo contiene errores que atentan contra los dogmas definidos por la Fe. El hecho de que Roma apruebe una organización tal y le permita continuar su bien conocida oposición a ciertos aspectos del Concilio sería un golpe terrible al Concilio.


Es por ello que el célebre escritor católico George Weigel le tiene horror a un eventual reconocimiento de la FSSPX “tal como ella es”. Para él, sería como consagrar el “derecho a estar en desacuerdo” para los católicos del mundo entero: “conceder al clero de la FSSPX la plena comunión con Roma y permitirles estar en desacuerdo sobre la libertad religiosa (y el ecumenismo) al hacer su profesión de Fe y su juramento de fidelidad, sería consagrar, por la extraña vía del ultratradicionalismo, un 'derecho a estar en desacuerdo' en la Iglesia” (1)


Aunque no compartamos su afirmación de que ello consagraría un derecho a estar en desacuerdo con toda la enseñanza católica, sí coincidimos en que ello consagraría un derecho a estar en desacuerdo con el Vaticano II. Resulta pues imposible que un reconocimiento canónico de la FSSPX no represente un paso hacia la condena de los errores del Vaticano II, aunque en sí no sea un paso doctrinal hacia la restauración de la Tradición sino más bien un paso práctico. Si la FSSPX fuera reconocida tal como ella es, su posición o si prefieren su profesión de Fe, sería ella también reconocida como católica.
 

Habiendo considerado estos dos puntos, podemos ahora volver a nuestra interrogante principal: ¿la FSSPX debería aceptar la etapa directamente práctica e indirectamente doctrinal hacia la restauración de la Tradición tal como resulta ser un reconocimiento canónico? ¿O bien la FSSPX debería concentrarse en obtener una etapa directamente doctrinal e indirectamente práctica hacia esa restauración?


La Posición de “esperar a que Roma se convierta”

Algunos han sostenido que un reconocimiento canónico, aun cuando supone beneficios en cierta medida , sería finalmente un inconveniente para la restauración de la Tradición. El razonamiento es el de que la FSSPX debería esperar a que Roma haga una declaración doctrinal que condene los errores del Vaticano II, que denominaremos el “razonamiento de la declaración doctrinal”. El que puede ser resumido así:


-“El fin perseguido es el de que la FSSPX recupere todos sus derechos en Roma” (2)

-La recuperación de esos derechos consistiría en una corrección sincera por parte de la Santa Sede “de los errores doctrinales que son la fuente de la crisis sin precedentes que padece todavía la Santa Iglesia”

-Así pues, “esta corrección es el fin buscado, fin en sí mismo y causa final, principio de todo el actuar consiguiente en el marco de las relaciones con Roma”

-Pero un reconocimiento canónico pondría en peligro ese fin último de dos maneras (3): -haría que la posición doctrinal de la FSSPX fuera una más de las opiniones entre tantas en el seno de la Iglesia conciliar de suerte que relativizaría esa posición doctrinal. -Introduciría el peligro de debilitamiento de la posición doctrinal de la FSSPX. -En suma pues, el reconocimiento canónico de la FSSPX impediría la restauración de la Tradición en lugar de ayudar a ella, así no habría que aceptarlo antes de que Roma haya firmado una declaración doctrinal que condene los errores del Vaticano II.


Lo primero a destacar de esta posición es la de que propone un criterio de discernimiento para el reconocimiento canónico de la FSSPX el cual resulta muy diferente al criterio de Monseñor Lefebvre (“tal como ella es”). Por tres razones, esta posición rechaza la condición “tal como ella es” como siendo inaceptable:
-No percibe al reconocimiento canónico como favorecedor de la restauración de la doctrina tradicional, sino que más bien la impediría
-No cree que la FSSPX estaría suficientemente protegida en su Fe por un reconocimiento “tal como ella es”
-No cree que la FSSPX tenga una obligación moral de aceptar un reconocimiento “tal como ella es”


Observemos más detenidamente estas tres razones.


1- El reconocimiento canónico “tal como ella es” como impidiendo la doctrina tradicional


Hemos mencionado más arriba que un reconocimiento canónico de la FSSPX constituiría un gran golpe contra la nota doctrinal de Vaticano II. El razonamiento de la declaración doctrinal, por el contrario, sostiene que una FSSPX regularizada canónicamente sería vista como que adhiere a una más de las opiniones sobre Vaticano II. Desde esta perspectiva, sería mejor para la FSSPX figurar como estando fuera de la Iglesia, puesto que ello le permite expresar con mayor claridad y que se le preste mayor atención a su posición.


Además de no reconocer de que la posición de la FSSPX ya es percibida como una opinión más -y las más de las veces como una opinión errada- esta posición parece ignorar el progreso normal de restauración de la Iglesia en tiempos de crisis. Lo normal es que haya tres estadios: la persecución, seguida de la tolerancia y luego del privilegio. Por ejemplo, el catolicismo fue perseguido por el Imperio romano; luego fue tolerado bajo Constantino, y por último devino la religión privilegiada del Estado bajo otros Emperadores cristianos posteriores. Para los católicos condenados a muerte y que no podían reunirse públicamente para practicar su religión, un estado de tolerancia religiosa era del todo deseable. No era un bien absoluto, sino relativo, y un paso hacia una situación mejor, en la cual la Fe católica sería la religión privilegiada por el Estado, como debe serlo.


Los Católicos pueden pedir la protección de la ley de parte de un gobierno de estilo pluralista y que preconiza la libertad religiosa. No están obligados a reclamar seguir siendo perseguidos hasta que el Estado se convierta a la Fe católica y establezca el catolicismo como religión de Estado.


Otro ejemplo es el de la crisis arriana, más ajustado que el primero puesto que se trata de una situación en la cual la mayoría de las persecuciones provenían del interior de la Iglesia. Durante un tiempo, los obispos católicos que profesaban la Fe católica eran exiliados por el Emperador y los obispos arrianos. Luego Juliano el Apóstata llegó al poder e hizo volver del exilio a todos los obispos católicos, con el fin de crear mayor cizaña en la Iglesia. Esta estrategia no funcionó ya que posibilitó un ambiente de tolerancia para la doctrina de la Divinidad de Nuestro Señor, la que fue seguidamente restaurada en su posición de privilegio como era debido y reconocida por el mundo católico como siendo enseñanza católica.


La posición de la declaración doctrinal quiere que la Tradición pase directamente de la persecución al privilegio. Quiere que Roma, después de haberla perseguido, la privilegie sin pasar por el estadio intermedio de la tolerancia. Y más aún, percibe el estadio de la tolerancia como nefasto para la Tradición más que como una ayuda. En resumen, aquí lo mejor es enemigo del bien. Puesto que la mejor salida (el privilegio) reluce tanto, el bien de la salida menos buena (la tolerancia) no es admitida.


Destaquemos al pasar que aún cuando la marginación que la FSSPX conoció estos cuarenta últimos años la ha protegido en cierta medida, parece difícil pretender que ha sido beneficiosa para la extensión de la posición de la FSSPX. Al contrario, la FSSPX fue colocada en un ghetto por sus enemigos para evitar que su posición se expandiera, y esta estrategia funcionó a la perfección.


2- El reconocimiento canónico “tal como ella es” como siendo un riesgo para la Fe de la FSSPX


Un segundo elemento de la posición de la declaración doctrinal es el de que la FSSPX, una vez integrada en la Iglesia conciliar favorecedora de herejías, no podría resistir el embate de los errores del Vaticano II. Lo que es preocupante en este elemento es que es sostenido citando a Monseñor Lefebvre (4) que dice: “ Lo primero que nos interesa es el de conservar la Fe católica. Ese es nuestro combate. Mientras que la cuestión canónica, puramente externa, pública en la Iglesia, es secundaria. Lo que importa es quedarse en la Iglesia...en la Iglesia, esto es en la Fe católica de siempre y en el verdadero sacerdocio, en la verdadera misa, en los verdaderos sacramentos, en el catecismo de siempre, con la Biblia de siempre” (5). Si esta cita es preocupante, es porque Monseñor Lefebvre era favorable claramente a un reconocimiento “tal como ella es”. Tomemos por ejemplo lo que dice en su sermón por los cuarenta años de su episcopado en octubre de 1987: “Si Roma en verdad quisiera darnos una verdadera autonomía, la que tenemos actualmente, pero con la sumisión, la querríamos; siempre quisimos estar sometidos al Santo Padre” (6)


Para hacer justicia a Monseñor Lefebvre, hay que conciliar la primera cita con la segunda. Si en la primera cita dice que la Fe es más importante que un reconocimiento canónico, él está pensando en una situación en la cual la FSSPX debiera aceptar la nueva misa o la libertad religiosa o algo parecido para obtener un reconocimiento canónico. No dice que si se concediera a la FSSPX un reconocimiento “tal como ella es” ella estaría perdiendo la doctrina tradicional y que en consecuencia sería preferible quedarse en un estado más seguro de marginación más que el aceptar un reconocimiento canónico en el cual la FSSPX podría conservar todas sus posiciones doctrinales.


En la primera cita, Monseñor Lefebvre dice que la FSSPX debe conservar la Fe católica como prioridad frente a un reconocimiento canónico si tiene que elegir entre los dos. En la segunda cita, dice que SI ella puede conservar la Fe, el verdadero sacerdocio, la verdadera misa, los verdaderos sacramentos, el verdadero catecismo, etc Y TAMBIEN poseer un estatus canónico, ella debería aceptar ambos.


Otro problema con la posición de la declaración doctrinal es que parece no reconocer los peligros para la Fe en que incurre la FSSPX permaneciendo durante décadas sin un reconocimiento canónico. Si pudiésemos dividir en dos bandos a los sacerdotes que se fueron de la FSSPX, uno de los que se fueron hacia la Resistencia y el sedevacantismo y el otro de los que se fueron hacia el Novus ordo, el primer bando es bastante más numeroso que el otro. El número desproporcionado de los ex sacerdotes de la FSSPX que perdieron la Fe en la visibilidad y en la autoridad de la Iglesia debería ser un indicio claro de que la situación anormal de la FSSPX, en sí, constituye un riesgo de perder la Fe en la Iglesia. La pretendida seguridad para la Fe que proporciona la irregularidad canónica nos parece pues, por el contrario, del todo precaria.


Como ejemplo particular de lo dicho, consideremos el tercer punto.


3- El reconocimiento canónico “tal como ella es” como siendo moralmente indiferente


La posición de la declaración doctrinal percibe al reconocimiento canónico “tal como ella es” como siendo moralmente indiferente (7). Esto equivale a decir que la FSSPX no tiene ninguna obligación moral particular en lo que concierne a la aceptación o al rechazo de un reconocimiento canónico en sí mismo. La Fraternidad estaría en libertad de rechazarlo por razones accidentales, razones que hacen no al reconocimiento canónico en sí mismo sino a circunstancias coyunturales. Ella estaría igualmente en libertad de condicionar de cualquier forma el reconocimiento canónico a por ejemplo la condición de la condena de los errores del Vaticano II.


Una imagen -sin duda insuficiente en muchos aspectos- podría ilustrarnos al respecto. Pongamos que un niño tiene un padre ebrio y que el padre le ordena de continuo al niño hacer cosas malas. Pero un día el padre le ordena al hijo que realice algo que restablezca un poco de orden en la casa. En esta ocasión, el hijo haría mal en decir que “a causa de vuestra ebriedad habitual, la orden que me dais es moralmente indiferente. Hasta tanto no os enmendéis de vuestra mala costumbre, es más beneficioso para mí el no aceptar vuestros actos de autoridad -aunque sean de los buenos que retomen el orden en la casa- ya que de esa manera soy un mejor testigo de la bondad de la sobriedad y puedo exigir de vos que os volváis sobrio en un estado de rechazo a la orden”
 

Por el contrario, el padre tiene siempre el derecho de exigir obediencia en todo lo que es bueno. El reconocimiento canónico de la FSSPX no es indiferente, es algo bueno, en tanto rectifica algo en la Iglesia que es injusto y anormal. Monseñor Fellay lo dijo en el número de Cor unum publicado en abril de 2014 : “en sí, el reconocimiento canónico es un grandísimo bien”. El hecho de que constituya un bien moral impone a la FSSPX una obligación moral de aceptarlo, si no implica un peligro para la Fe. El deber de conservar la FE es un deber de mayor jerarquía, pero el deber de mantener relaciones normales con el sucesor de Pedro no es facultativo.


Monseñor Lefebvre lo dijo de manera implícita:
“El principio fundamental del pensamiento y de la acción de la Fraternidad en la dolorosa crisis que la Iglesia atraviesa es el principio enseñado por Santo Tomás de Aquino en la Suma teológica: no oponerse a la autoridad, salvo en peligro inmediato para la Fe” (8)
 

En resumen, la posición de la declaración doctrinal erra cuando cambia el criterio para el reconocimiento canónico desde aquél que dice que “la FSSPX debe poder conservar la Fe tradicional” hacia aquél que dice que “Roma debe profesar la Fe tradicional”. Las razones que alega para demostrar que el reconocimiento “tal como ella es” impediría la restauración de la Tradición se derrumban cuando son examinadas, y en su mérito, el razonamiento pierde toda su fuerza.


La posición de Monseñor Lefebvre


Nos resta por considerar la posición de Monseñor Lefebvre en favor de un reconocimiento “tal como ella es”. Lo que debemos evitar en estas consideraciones es el de aislar las citas del arzobispo para a continuación construir todo un argumento en torno a ellas. Es más provechoso descubrir los principios que motivaron a Monseñor Lefebvre y el cómo ha sido fiel a esos principios a lo largo de su vida.


Debemos mirar en particular la visión de Monseñor Lefebvre respecto del rol de la FSSPX y cómo esa visión se ha visto plasmada en las negociaciones que él llevó a cabo con Roma acerca del estatus de la FSSPX en la Iglesia.


La restauración de la Iglesia por medio de los sacerdotes


Es importante comprender que la visión de Monseñor Lefebvre para la FSSPX data de antes del estallido de la crisis en la Iglesia. Ya en los años 50, ansiaba trabajar para la restauración de la Iglesia. El gran medio para esta restauración e incluso el único medio en su mente, era el sacerdocio. El sacerdocio, conferido por el sacramento del Orden, es la última fuente de orden en la Iglesia y se encuentra ligado en esencia al supremo acto que re ordena al mundo caído, el Santo Sacrificio de la Misa. Es esta visión la que se encuentra en la base del famoso sueño que Monseñor Lefebvre tuvo en la catedral de Dakar en los años 50: “Ante la progresiva degradación del ideal sacerdotal , trasmitir en toda su pureza doctrinal, en toda su caridad misionera el sacerdocio católico de Nuestro Señor Jesucristo...¿Cómo llevar a cabo lo que se me presentaba entonces como la única solución para la renovación de la Iglesia? Era aún un sueño, pero en el cual se me presentaba ya la necesidad no sólo de trasmitir el sacerdocio auténtico, no sólo la sana doctrina aprobada por la Iglesia sino también el espíritu profundo e inmutable del sacerdocio católico y del espíritu cristiano unido esencialmente a la gran oración de Nuestro Señor que expresa eternamente su sacrificio en la Cruz” (9)


Es a causa de esta visión que al fundar la FSSPX, Monseñor Lefebvre le otorgó como finalidad primera la del “sacerdocio y todo lo que dice relación con él y sólo lo que lo concierne” (10) “Somos una Fraternidad sacerdotal. El carácter esencial de nuestra Fraternidad es de naturaleza sacerdotal. Esa es su finalidad” (11)


En la mente de Monseñor Lefebvre era importante que la FSSPX sea fundada no sobre una base negativa sino sobre una base positiva. La FSSPX no fue fundada para oponerse a Roma y al Concilio. Para Monseñor ello no habría sido conveniente. Fué fundada sobre todo para llevar a cabo una obra positiva, a saber la formación de buenos sacerdotes:
“[La Fraternidad San Pío X] no nació de una idea contestataria, una idea de oposición. ¡Bajo ningún concepto! Ella nació de la manera que creo que las obras de la Iglesia pueden nacer perfectamente, es decir, de una necesidad que se presentó: la necesidad de asegurar la buena formación de los sacerdotes”


Monseñor Lefebvre no fundó la FSSPX para resolver la crisis en la Iglesia. El deseaba que la FSSPX contribuyera a la restauración de la Iglesia, por supuesto, pero en tanto que Fraternidad sacerdotal. Al aprobar los estatutos, la Iglesia no confió a la FSSPX la misión de restaurar a la Iglesia; la FSSPX no cuenta con los medios para restaurar a la Iglesia porque ello pertenece a Roma; y su fundador no la constituyó con el fin inmediato de restaurar a la Iglesia. Como tal, la contribución a la restauración de la Iglesia no es más que su finalidad última, en tanto que la formación de buenos sacerdotes constituye su finalidad primera.


Esta distinción es importante. Si la finalidad primera de la FSSPX fuera la restauración de la Iglesia, sería necesario que adopte todos los medios para obtener ese fin, sin concentrarse en la formación de buenos sacerdotes. Pero puesto que su finalidad primera es la formación de buenos sacerdotes, entonces el medio por el cual ella contribuye a la restauración de la Iglesia se encuentra grabado en el mármol y no puede cambiar, al menos si la Fraternidad desea permanecer fiel a su identidad.


El cómo una Fraternidad sacerdotal restaura la Iglesia


Podríamos preguntarnos el cómo, en concreto, una Fraternidad sacerdotal trabaja para la restauración de la Iglesia. Ya mencionamos la visión de Monseñor Lefebvre en general: formar sacerdotes con una pureza doctrinal y una caridad misionera. ¿Cómo dichos sacerdotes pueden sobrellevar la más grave crisis de la Iglesia que el mundo haya conocido?


Las afirmaciones más claras de Monseñor Lefebvre a ese respecto se encuentran en la primera conferencia que dió en el retiro de Pascua que predicó poco tiempo antes de las ordenaciones episcopales. ¿Podemos considerar a esta conferencia de abril de 1988 como la otra mitad del sueño de Dakar?


En esta segunda mitad del sueño, el fundador de la FSSPX entrevió cómo su Fraternidad sacerdotal se ubicaría en posición de obrar eficazmente a la restauración de la Tradición. Todo comenzaría con un reconocimiento canónico “tal como ella es”. Acto seguido, gracias a este reconocimiento, la FSSPX vería cómo le es concedido un oficio en Roma. Luego de esto, en un momento dado, le seguiría una iglesia de la FSSPX en Roma, elegida de entre las tantas iglesias romanas que no son utilizadas. Acto seguido, un seminario de la FSSPX en Roma, el cual atraería muchas vocaciones de todas partes del mundo. Y puesto que la mayoría de obipsos es elegido de entre los sacerdotes formados en seminarios romanos, muchos de los sacerdotes ordenados en el seminario romano de la FSSPX se volverían obispos y ocuparían diócesis en todo el mundo. ¿Y la restauración de la Tradición? En un momento dado, gracias a la presencia de la FSSPX en Roma, al seminario romano de la FSSPX, a los sacerdotes y a los obispos romanos de la FSSPX, Roma retomaría nuevamente su propia Tradición.


“Es un lindo sueño” dice Monseñor. “¿Pero quién sabe?” Es un sueño que se alinea perfectamente sobre el concepto que tenía Monseñor Lefebvre de la Fraternidad sacerdotal que él fundó: formar buenos sacerdotes que profesen la Fe íntegra y, por ello mismo, ayuden a restaurar a la Iglesia.
  

Conclusión


Monseñor Lefebvre creía en el poder de los sacerdotes bien formados para restaurar a la Iglesia. Por esta razón fundó una Fraternidad sacerdotal que pretende formar sacerdotes conocidos por la pureza doctrinal y por su caridad misionera. La Iglesia misma, al aprobar el estatuto de la FSSPX, le confió esa misma misión de formar buenos sacerdotes, y tiene las herramientas necesarias para cumplir esa tarea. Pero desde la supresión ilegal de la FSSPX en 1975, fue puesta en una situación irregular, rechazada por las autoridades eclesiásticas e impedida de expandirse tanto cuanto quisiera. Puesto que Monseñor Lefebvre fundó a la FSSPX para la formación de buenos sacerdotes y puesto que un reconocimiento canónico “tal como ella es” permitiría a la FSSPX extender su obra de formación de buenos sacerdotes, es por tal razón que Monseñor Lefebvre era favorable a un reconocimiento canónico “tal como ella es”.


En cuanto a aquellos que tienen la posición de la declaración doctrinal, perciben la finalidad inmediata de la FSSPX como siendo la restauración de la Iglesia y no consideran que un reconocimiento “tal como ella es” favorece esa restauración. Desearían utilizar el estado de supresión canónica en la cual se encuentra la FSSPX como un medio para ejercer presión sobre Roma, a efectos de que ésta condene los errores del Vaticano II. Al preconizar esta posición, tienen una visión en la cual la FSSPX no contribuye a la restauración de la Iglesia principalmente a través de la formación de sacerdotes que profesan la Fe, sino más bien por la presión que ejercen sobre Roma para que ésta profese la Fe.
 


Notas

(1) https://www.firstthings.com/web-exclusives/2017/04/lets-not-make-a-dealat-least-this-deal
(2) Esta cita y las dos siguientes son extraídas del Correo de Roma, mayo de 2017, "¿Por un acuerdo doctrinal?"», §2.
(3) Cf. Ibid., §§28-29.
(4) Citado en Ibid., §29.
(5) Conferencia espiritual en Écône, 21 de diciembre de 1984.
(6) Angelus magazine, noviembre de 1987, p. 8.
(7) Ver Correo de Roma, mayo de 2017, « Por un acuerdo doctrinal ? », §28.
(8) Carta a los amigos y benefactores de Estados Unidos,  28 de abril de 1983.
(9) Itinerario espiritual, p. iii.
(10) Regla de la FSSPX
(11) Santidad sacerdotal, p. 444 ; las páginas 437-481 resultan una lectura imprescindible para esta discusión                                                              
(12) Santidad sacerdotal, p. 439.


lunes, 28 de agosto de 2017

La subida a Fátima


"...porque el lugar que pisas es sagrado" (Ex 3, 4-6). No hay duda de que Fátima es un lugar sagrado, puesto que allí se apareció la Madre de Dios. Y las semejanzas con el relato del Exodo no se detienen allí: la zarza ardiendo y la "azinheira", la calidad de pastores de Moisés y de los videntes de Fátima, las teofanías (Moisés en el Sinaí, Lucía en Tuy).

La misión de cada uno es también paralela: la de Moisés, conducir a su pueblo a la tierra prometida, habiéndole trasmitido antes la Ley dada por Dios; la de los videntes de Fátima, conducir las almas al Cielo, esta vez recordándoles la Ley y la necesidad de su cumplimiento.

Y en ambos contextos, aparecen los verdaderos continuadores de una y otra misión: en el caso de Moisés, surge Josué,  el cual conquistó Jericó y oró a Dios para que el sol se detuviera en medio de una batalla; en el caso de Fátima, surge la FSSPX, destinada a hacer caer los muros del modernismo en la Iglesia y que ora a Dios por el triunfo del Corazón Inmaculado.

Debemos confesar que previo a la peregrinación presentíamos que algo pudiese suceder que demostrase dónde se encuentra la Verdad y contrarrestar los falsos prodigios de las falsas apariciones (caso de Medjugorje, donde los "carismáticos" seguidores evocan continuamente ser testigos de "milagros"). De hecho, dimos cuenta en su oportunidad de la muy probable reiteración del "milagro del sol" el año pasado, algo que bien podría ocurrir en el centenario, así como de la poco conocida "séptima aparición", que los expertos en las apariciones de Fátima debaten si ha sucedido ya o resta por suceder. Aclaramos, este presentimiento no derivaba de la presunción de ser nosotros (los fieles de la Tradición) merecedores de tales señales (ya lo dijimos una vez, no nos distinguimos del resto de los fieles sino en el mantenimiento de la doctrina de siempre) sino, precisamente,  por ser la FSSPX la Institución que defiende la Verdad, litúrgica y doctrinal. 

Nada de ello ocurrió y la respuesta nos vino justo antes de la peregrinación, desde una entrada de no sabemos qué página de esas que consultamos cada tanto y que se titulaba "los tiempos de Dios son perfectos". No era todavía la hora, puesto que tienen que verificarse ciertos tiempos bíblicos, que no se han cumplido aún. 

Dicho esto, la peregrinación fué un éxito, por la afluencia, por la devoción y el fervor, y por los pequeños detalles o vivencias. Así por ejemplo, lo que pudo parecer una oportunidad perdida (dejar de procesionar por la explanada del Santuario) devino, al trasladarse los peregrinos desde una playa de estacionamiento hasta los Valinhos atravesando la vegetación del lugar, evocar las travesías que hacían los pastorcillos; o, al querer saciarnos en un bebedero (recordemos que la temperatura oscilaba los 39 grados)  y ver que una feroz avispa intentaba lo mismo, tener la oportunidad de ofrecer ese pequeño "sacrificio" (evocando igualmente aquellos que hacían, con mucha mayor determinación, los pastorcillos) y así con muchas otras anécdotas por el estilo.

Fátima fué esos días literalmente copada por la Tradición y resultaba muy reconfortante ver por todas partes clérigos y fieles, orgullosos de pertenecer a ese bastión, como lo recordó con acierto un diario portugués.

lunes, 10 de julio de 2017

¿"La Veritá" o la Verdad?

Ya sabemos que mientras algunos veríamos con buenos ojos un reconocimiento romano de la FSSPX tal como ella es y ha sido desde su fundación o al menos una extensión plena de facultades para administrar los Sacramentos, otros lo desean en secreto para justificarse en sus posiciones materialmente cismáticas, aunque para el público se presentan a sí mismos como opositores a dicho reconocimiento, al que denominan "acuerdo".
                     
Tal es el caso del blog "Non serviam", el cual anuncia el "bloqueo" de las tratativas entre Roma y la FSSPX haciéndose eco de una nota publicada en el periódico italiano "La Veritá".  Pareciera que es gracias a ese órgano de prensa o vaya a saber a quiénes, que la Verdad se impone.

Los hechos relatados en la nota - una misiva entregada por el Cardenal Muller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, a Mons. Fellay el 26 de junio pasado exigiendo a la FSSPX la aceptación de la legitimidad de ejercicio del novus Ordo  y de los postulados del Concilio Vaticano II, rechazada por el último- nos son contados como el resultado de la "mala suerte" ("algo salió mal") o de desinteligencias romanas. 

Lo cierto es que lo ocurrido es una demostración de que la Verdad - defendida siempre por la FSSPX- se impone una vez más por el rechazo, por parte del fidelísimo Mons Fellay, de condiciones inaceptables para la Fe.  Pero sobre las verdaderas causas del "bloqueo" nada dirán  estos  medios. 

Ya lo dijimos en una entrada anterior: al buscarse acuerdos "doctrinales" difícilmente habrá reconocimiento, puesto que tales documentos necesariamente llevarían la impronta del cuerpo "doctrinal" que infesta la Iglesia. 

Ello , sin perjuicio de que los  deseos de que finalmente recaiga un acto de Justicia hacia la FSSPX sigan  vigentes, mientras su apostolado crece cada vez más y pese a los que abandonaron el barco de  la señera embarcación llamada Tradición católica, fiel a la Iglesia y al Papa. 

viernes, 9 de junio de 2017

El latín, el incienso...



Si miramos el video de la Misa de clausura de la peregrinación de "Notre Dame de Chrétienté" de París a Chartres del 5 de junio pasado, oficiada por Su Eminencia Reverendísima el Cardenal Raymond Burke, no podemos menos que congratularnos por tan espléndida liturgia y fervor. Nos vemos tentados de decir que ésto es el catolicismo en su prístina expresión, pero como veremos, es sólo un espejismo.

Recordamos que en la primera época del blog, en la que éramos un poco más idealistas, soñábamos con unir esta peregrinación -que es la tradicional, la de Charles Péguy en su "route de Chartres"-  junto con la otra -porque hay otra- que a fin de no toparse con esta decidió hacer el camino a la inversa, hacia París, la que protagoniza la FSSPX. Al fin y al cabo hubo un momento en que hubo una sola "peregrinación de la Tradición", la que si no recordamos mal, podía alcanzar la cifra aproximada de quince mil participantes. 

Sucedió que los enemigos de la Tradición buscaron la escisión de ese frente común y en oportunidad de las consagraciones episcopales de 1988 surgió el engendro llamado "Ecclesia Dei" para agrupar a los condescendientes con la obediencia mal entendida  o entendida al modo farisaico ("no podemos violar el sábado") o a aquellos que ya lo venían haciendo con algún tipo de "indulto" (o "insulto", que para el caso es lo mismo).

Porque el problema no son las formas exteriores -algunos se las agarran con el "latín" y el "incienso", podríamos agregar la "sotana" y el "bonete"- sino el "espíritu" y la "verdad" (Juan 4, 23-24).  Espíritu y verdad que incluyen el latín, el incienso, la sotana (no estamos seguros del bonete), pero que también presupone una sumisión a lo que nos fue enseñado "siempre y en todas partes" según el Conmonitorio de San Vicente de Lerins. Esto es, a lo que está contenido en cada una de las definiciones dogmáticas y a aquello que fue trasmitido por el magisterio universal y constante.

Ahora resulta que una de las "Fraternidades" que integran la "Ecclesia Dei", la Fraternidad San Pedro, evoca en su presentación institucional y en muchos discursos a "San" Juan Pablo II. Esto que parece una simple concesión a lo "política o (religiosa)mente correcto" no es banal. Implica afirmar que lo actuado públicamente y enseñado por el mencionado Pontífice es digno de ser imitado o  creído por todos los fieles católicos (así por ejemplo, besar el Corán o dejarse marcar la frente por "Shiva", creer en la salvación universal por la simple "encarnación de Cristo", etc). Por las dudas, no deseamos que Juan Pablo II se haya condenado, ni lo afirmamos (el Juicio pertenece a Dios), pero admitir sin más su "canonización" a sabiendas (porque estos sampetrinos no pueden alegar desconocimiento) de sus heterodoxias patentes, no puede significar otra cosa que un deseo explícito de avalarlo todo. 

Podrían alegar que las canonizaciones fueron siempre consideradas como pronunciamientos infalibles, pero se da el caso de que hay materia para poner en duda el aserto, por circunstancias de fondo y coyunturales: las canonizaciones no versan sobre una doctrina de fe o moral, salvo por conexión; el manido tema de si los Papas conciliares -a causa de su liberalismo- tienen o no la "intención" de proclamar la santidad del candidato; el hecho de que quien "canonizara" a Juan Pablo II es el Papa Francisco, el cual no se sabe a ciencia cierta si accedió al trono formalmente (en caso de invalidez de la renuncia de Bendedicto XVI), pudiendo haberlo hecho sólo en virtud del "error común", en cuyo caso ejerce una jurisdicción de suplencia que sólo lo asiste para actos para el bien de la Iglesia.

Otro grupo de esta galaxia, de más reciente creación, el IBP, no presenta estas claudicaciones. Es un ejemplo paradigmático de que aquéllas no son consecuencia de "reconocimientos" canónicos, sino de la deficiencia en las convicciones y de cierta pusilanimidad. El "non possumus" debe ser pronunciado en el momento oportuno, no antes. Un principio clave es el de que mientras uno pueda sortear la crisis de la Iglesia sin infringir ninguna norma, uno debe atenerse a la regularidad. Claro está, este grupo se encuentra en "estado de necesidad latente", por cuanto depende de la buena voluntad de Roma para la ordenación de sus Sacerdotes.

Otro de nuestros sueños fue el nucleamiento de todos los institutos tradicionales en una suerte de "Patriarcado tridentino", bajo la égida de los Obispos de la FSSPX, a manera de sanear las deficiencias de unos y de reforzar el contingente del otro.  Algunos podrán acusarnos de intento de identificar a una institución de la Iglesia con la Iglesia misma. Nada más alejado. Y nos pueden creer, porque que sepamos, siempre hemos reconocido que su Cabeza visible es el Papa ("lejos de mí la idea de erigirme en Papa" protestaba el Venerado fundador de la FSSPX, Mons. Lefebvre).

Y aquí engarzamos con la presunción que nos participaba un amigo de esta casa y que compartimos nosotros también, el Papa parece querer deshacerse o al menos aleccionar a estos institutos tradicionales que claudicaron en algo: Franciscanos de la Inmaculada, Ciudad del Este, Orden de Malta y  ahora parece que le toca el turno a los Heraldos del Evangelio. Entre los mencionados hay dos denominadores comunes: por un lado, la obediencia servil, que es incapaz de invocar un estado de necesidad cuando éste realmente se presenta y condescender con el mal (i. e imposición de la misa nueva a los Franciscanos de la Inmaculada) y,  por otro lado, son representantes de una "facción" (la que responde a Benedicto XVI). Y Francisco, que puede ser hereje material pero no es tonto, sabe que "el hombre que adula a su prójimo tiende una red ante sus pasos" (Proverbios, 29, 5), y por eso los anula.

De más está decir que ese "partido" no es el de la Verdad íntegra, es el de la "hermenéutica de la continuidad", el del latín, el incienso, la sotana ...y el bonete.